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  V�deos de la Inauguraci� del Camp Nou i festes paral�leles.  
     
La Catedral del Bar�a.- Inauguraci�n Camp Nou (1957)

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  V�deos de la Inauguraci� del Camp Nou: La Maqueta i els Origens.  
     
El projecte del Camp Nou als NODO (1954-1957)
Camp Nou Els Origens
     
     
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Col.locaci� de la primera pedra del Camp Nou (1954)
La construcci� del Camp Nou (1954-1957)
     
     
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La inauguraci� del Camp Nou (24/09/1957)
Festes en motiu de la inauguraci� del Camp Nou
     
     
  V�deos de la Inauguraci� del Camp Nou: El Primer Gol Al Camp Nou.  
     
El Primer Gol al Camp Nou (24/09/1957)

     
     
  Relat de fixi�, inspirat en la inauguraci� del Camp Nou,
publicat per la Revista Bar�a, el 5 d'octubre de 1957.
 
     

Era una obra colosal, moderna, Inmensa. Stanley, el gu�a del estadio, sonri� al ver detenerse en autopista que llevaba al campo, a un autocar. Los visitantes piodigaban las propinas, y eso le ayudaba a vivir. Se acerc� a la portezuela del coche y la abri�, ayudando a descender a las se�oras. De entre todas, le llam� la atenci�n una chica; tendria veinte a�os, quiz� veintid�s. Ella se sab�a atractiva, y procuraba poner de manifiesto sus encantos. Un playero, muy escotado, ce��a su cuerpo hasta la cintura para terminar en falda de amplio vuelo, vaporosa.

Al darle la mano, not� un breve estremecimiento. La muhacha sonri�, a modo de agradecimiento, �uni�ndose al grupo. La acompa�aba un tipo serio, alto, fuerte. Casi todos iban aparejados, charlando. El �ltimo en descender fu� un hombre maduro.A Stanley le llam� la atenci�n, porque dio un traspi�s. Su atenci�n estaba fija en la muchacha y estuvo a punto de costarle un ca�da aparatosa Stanley pudo sujetarle a tiempo.

Cuando les tuvo reunidos, empez� a relatarles el curso de las obras, su coste, su capacidad... A Stanley le gustaba intercalar an�cdotas en su relaci�n para amenizar sus p�rrafos. La mayor�a eran inventadas, pero gustan a su reducido auditorio.

Segu�a siempre el mismo recorrido: primero, las dependencias, los vestuarios, para terminar mostrando los grader�os. Luego sub�an a lo m�s alto, desde donde casi todos tomaban fotograf�as

Mientras iba hablando, observaba a la muchacha. Le hab�a gustado desde un principio, por eso le lanzaba r�pidas miradas. Hab�a algo raro en aquella mujer. Iba del brazo del tipo serio, alto y fuerte, pero su mirada estaba fija en todos los presentes, en sus acompa�antes, como si buscara a alguien. M�s de una vez, mir� fijamente al individuo maduro, que hab�a descendido el �ltimo. Una de las veces, enarc� una ceja, en gesto convenido, �pero el individuo no pareci� percatarse de ello.

Este era tambi�n un tipo curioso. Iba siempre rezagado, y Stanley di� cuenta que sus explicaciones no le interesaban, aunque fingiera escucharlas con af�n, asintiendo con la cabeza o mostrando �extra�eza o sonriendo. Estaba por completo ajeno a lo que �l explicaba, pero en cuanto se deten�an, procuraba quedar cerca de la muchacha.

Al salir de los vestuarios, Stanley observ� que la muchacha no i ha ya del brazo con su acompa�ante. Se hab�a separado, retras�ndose algo, es decir, aproxim�ndose al tipo que iba solo.

Aquel juego, extra�o e incomprensible para �l, iba acuciando su curiosidad.

Cuando los visitantes se pusieron otra vez en marcha, ella no avanz�. Abri� el bolso, extrajo un paquete de cigarrillos e intent� encender uno. El hombre maduro le brind� su encendedor, y ella, tras encender, le invit� a fumar.

Stanley. que abr�a la marcha, no pudo ver nada m�s, y sigui� explicando sus cosas, forzando un nuevo paro para tratar de adivinar qu� ocurr�a. Los dos se unieron al grupo, por separado. Primero , ella; luego, �l. Pero �l no fumaba. El cigarrillo que habla tomado de la pitillera de la muchacha hab�a desaparecido en sus manos.

Cuando llegaron arriba, los visitantes se dispersaron por los grader�os. Tomaron fotos, probaron asientos, examinaron los �ngulos del campo... y el mismo Stanley, fumando un cigarrillo, contempl� la obra.

Una se�ora latosa fue a importunarle con preguntas fuera del caso. Una de esas se�oras que quieren hacerse simp�ticas a toda costa; pero Stanley era un hombre cort�s y, sin abandonar su
sonrisa, fue d�ndole r�plica. La pr�ctica le hab�a demostrado que, de esas personas latosas, sal�an las propinas m�s espl�ndidas, y sab�a complacerlas.

Durante aquella conversaci�n perdi� da vista a los protagonistas de su curiosidad. Los visitantes se hab�an dispersado... S�; a ella la vio lejos, en los grader�os. Iba sola y el aire se arremolinaba en torno a su falda, jugueteando con ella.

Pero su lenguaraz acompa�ante le absorb�a y la perdi� de vista.

Aquellos eran los �ltimos visitantes del d�a. Empezaba a oscurecer y les reuni� para conducirles a la salida. Entonces observ� que faltaba la muchacha. Lo hizo notar.

-No se preocupe por ella, la encontraremos abajo, seguramente -le tranquilizo su acompa�ante-. Nunca se pierde, y le gusta recorrer las cosas, sola.

Pero al llegar al autocar, la muchacha no estaba all�. Su acompa�ante mostr� sorpresa y expuso sus deseos de ir a buscarla.

-Podr�a usted perderse por los pasillos. Ir� yo -dijo Stanley-. No se muevan de aqu�, se lo ruego.

Se hab�a apoderado de �l una sensaci�n extra�a, que le daba a entender que a aquella chica le hab�a ocurrido algo.

Los pasillos Interiores empezaron a poblarse de sombras. La luz no estaba instalada a�n; es decir, la instalaci�n s� exist�a, pero faltaba lo m�s importante: la corriente.

Para Stanley, no era problema recorrer los pasillos a oscuras; los conoc�a mejor que nadie. Record� la direcci�n que le hab�a visto tomar, y fue en sentido inverso, desde abajo arriba, pero
se detuvo, indeciso. El camino que hab�a seguido la muchacha pod�a llevarla al c�sped, a los vestuarios subterr�neos, y sin pensarlo dos veces fue all�.

La oscuridad era completa. S�lo un buen conocedor del terreno, como era �l, pod�a avanzar por all� sin riesgo; se detuvo en la misma entrada oteando las tinieblas interiores. Algo le dec�a que all� iba a ocurrirle algo. Permaneci� un buen rato quieto, junto a la puerta, atento a todo ruido. Luego avanz� hacia el interior, por el centro, sin acercarse a las paredes. Mentalmente iba viendo la situaci�n de todo.

Pero, de improviso, se detuvo. A su espalda se hab�a movido algo. Se volvi� sigiloso. Todo permanec�a en el m�s impresionante silencio. Sigui� avanzando unos pasos. Pocos. Sus pies
pisaron algo blando. Se agach�. Era un bolso de mujer. Por la forma, adivin� que pertenec�a a la muchacha. Estaba entreabierto. Al levantarlo, cay� algo de su interior y su chasquido fue
seguido de una detonaci�n. La bala acarici� la ropa del gu�a, que se ech� al suelo, de bruces, y gate� r�pidamente hacia las duchas.

Su perseguidor avanzaba a tientas, pero ya sin ocultarse, encendi� una lamparilla el�ctrica de bolsillo. Su haz de luz recorri� la sala; le buscaba.

Stanley, desde su escondite, vio, en un rinc�n, el cuerpo de la muchacha; estaba boca arriba, con la cabeza ladeada hacia la izquierda. Hab�a habido pelea. Su vestido, desgarrado, mostraba las huellas de la lucha. Estaba extremadamente p�lida.

Stanley no pod�a ver la cara de su agresor. Este vaci� el bolso, registr�ndolo, y no encontrando lo que deseaba, fu� hacia la muchacha; con el pie le dio la vuelta con �nimo de examinar sus ropas.

Stanley no pod�a permanecer all�; para vencer a su enemigo, tenia que llevarle a su terreno: dos pasillos. Aplast�ndose contra la pared fu� saliendo de las duchas y ech� a correr por el pasillo central. El hombre, que se hab�a agachado junto a la mujer, sali� en su persecuci�n.

Stanley sonre�a, iba a caer en la trampa que le hab�a tendido. Gate� por una de las salidas que llevaban a los gradearios, pronto a saltar sobre su agresor. Este, apareci� segundos despu�s. Se detuvo. Le interesaba acabar con aquel tipo antes de proseguir su registro. Estaba escuchando. Stanley deseaba que el hombre se le aproximara, que fuera hacia los grader�os, pero su �perseguidor, a oscuras, segu�a escuchando.

Dio unos pasos. Stanley calcul� d�nde se hallaba y se ech� encima. Los dos rodaron por el suelo, luchando ferozmente.
Stanley se sinti� cogido con fuerza por el cuello. Llevaba la peor parte; se asfixiaba. Ten�a que luchar desesperadamente.

Hundi� su rodilla en el est�mago de su contrincante y le empuj�. Volvieron a rodar por el suelo.

Pero por el pasillo avanzaba una luz. Un tercer contrincante iba a unirse a la pelea. Al o�rle, Stanley se sinti� empujado con fuerza, libre del acoso de su enemigo, que escap� por el pasillo, pero una segunda detonaci�n seg� aquella huida, y su agresor cay� pesadamente.

-�Est� herido? - le pregunt� una voz, y la luz le ilumin�.
A su reflejo vio ante s� al hombre alto, serio, fuerte, el que acompa�aba a la muchacha. Stanley se incorporo.

-Su mujer est� en los vestuarios.

-No es mi mujer -dijo el otro, examinando el cuerpo ex�nime del hombre solitario-. No debi� usted impedir que le acompa�ara. Ha estado a punto de costarle la vida. Ll�veme a donde est� la chica.

Entre los dos, la levantaron. Ten�a una profunda herida en la cabeza, pero viv�a.

Stanley la cogi� por el cuerpo, mientras el otro la llevaba por las piernas. Cuando llegaron casi al exterior, el hombre orden�:

-Salga y llame a un m�dico, y que se marchen los dem�s.
Tranquil�celes. Luego vuelva aqu�.
                       

Sali� a cumplir la orden y regres�.             

-El m�dico acudir� en seguida.

-Bien. Merece usted una explicaci�n, que va a olvidar inmediatamente. La se�orita y yo, pertenecemos al departamento de contraespionaje. And�bamos a la zaga de un tipo peligroso. Pudimos descifrar un mensaje que le citaba aqu�. Ten�a que recibir datos importantes dentro de un cigarrillo. No sab�amos qui�n era. Le cost� averiguarlo y le entreg� un cigarrillo igual, pero
sin los datos, porque ignor�bamos qu� datos hab�a que facilitarle. El tipo sospech� algo, y examin� el cigarrillo antes de lo que esper�bamos. Entonces agredi� a Emma; cuando Iba a telefonear notificando a la polic�a que el individuo que busc�bamos iba en el autocar. Al volver aqu� me hace suponer que crey� que la chica trataba de guardarse el microfilm para explotarlo por su cuenta. Su intervenci�n ha sido beneficiosa, pero ahora, olv�dese de todo. �Qu� ha ocurrido?

-Un accidente, se�or.

-Eso est� mejor.

En cuanto lleg� la ambulancia se llevaron a la muchacha.
Stanley no volvi� a saber de ella en mucho tiempo, hasta que un d�a la vio con otro grupo de visitantes. Stanley le sonri�.

-Est� prohibido fumar � los visitantes; trae muchas complicaciones -dijo.

-Espero que podremos fumar en otro sitio, �verdad? Un cigarrillo y una copa, no nos sentar�a mal para amenizar una charla amigable - propuso ella.

-Stanley trag� saliva, nervioso y dejando al grupo de visitantes, tom� del brazo a la muchacha y ambos se alejaron, sonri�ndose.

FIN

     

Tot els objectes pertanyen a la col�lecci� particular d'en Vicen� Codinach
Tota la informaci� i obra gr�fica s'ha extret de la biblioteca sobre la construcci� i inauguracio del Camp Nou d'en Josep M� Codinach