Era una obra colosal, moderna, Inmensa. Stanley,
el guía del estadio, sonrió al ver detenerse en autopista que llevaba al campo,
a un autocar. Los visitantes piodigaban las propinas, y eso le ayudaba a vivir. Se acercó a la portezuela del coche y la abrió,
ayudando a descender a las señoras. De entre todas, le llamó la atención una chica;
tendria veinte años, quizá veintidós. Ella se sabía atractiva, y procuraba poner
de manifiesto sus encantos. Un playero, muy escotado, ceñía su cuerpo hasta la
cintura para terminar en falda de amplio vuelo, vaporosa.
Al
darle la mano, notó un breve estremecimiento. La muhacha sonrió, a modo de agradecimiento,
uniéndose al grupo. La acompañaba un tipo
serio, alto, fuerte. Casi todos iban aparejados, charlando. El último en descender
fué un hombre maduro.A Stanley le llamó la atención, porque dio un traspiés. Su
atención estaba fija en la muchacha y estuvo a punto de costarle un caída
aparatosa Stanley pudo sujetarle a tiempo.
Cuando
les tuvo reunidos, empezó a relatarles el curso de las obras, su coste, su capacidad...
A Stanley le gustaba intercalar anécdotas en su relación para amenizar sus párrafos.
La mayoría eran inventadas, pero gustan a su reducido auditorio.
Seguía
siempre el mismo recorrido: primero, las dependencias, los vestuarios, para
terminar mostrando los graderíos. Luego subían a lo más alto, desde donde casi todos
tomaban fotografías
Mientras
iba hablando, observaba a la muchacha. Le había gustado desde un principio, por
eso le lanzaba rápidas miradas. Había algo raro en aquella mujer. Iba del brazo
del tipo serio, alto y fuerte, pero su mirada estaba fija en todos los
presentes, en sus acompañantes, como si buscara a alguien. Más de una vez, miró
fijamente al individuo maduro, que había descendido el último. Una de las veces,
enarcó una ceja, en gesto convenido, pero
el individuo no pareció percatarse de ello.
Este
era también un tipo curioso. Iba siempre rezagado, y Stanley dió cuenta que sus
explicaciones no le interesaban, aunque fingiera escucharlas con afán, asintiendo
con la cabeza o mostrando extrañeza o sonriendo.
Estaba por completo ajeno a lo que él explicaba, pero en cuanto se detenían, procuraba
quedar cerca de la muchacha.
Al
salir de los vestuarios, Stanley observó que la muchacha no i ha ya del brazo
con su acompañante. Se había separado, retrasándose algo, es decir, aproximándose
al tipo que iba solo.
Aquel
juego, extraño e incomprensible para él, iba acuciando su curiosidad.
Cuando
los visitantes se pusieron otra vez en marcha, ella no avanzó. Abrió el bolso, extrajo
un paquete de cigarrillos e intentó encender uno. El hombre maduro le brindó su
encendedor, y ella, tras encender, le invitó a fumar.
Stanley.
que abría la marcha, no pudo ver nada más, y siguió explicando
sus cosas, forzando un nuevo paro para tratar de adivinar qué ocurría. Los dos
se unieron al grupo, por separado. Primero , ella; luego, él. Pero él no
fumaba. El cigarrillo que habla tomado de la pitillera de la muchacha había desaparecido
en sus manos.
Cuando
llegaron arriba, los visitantes se dispersaron por los graderíos. Tomaron fotos,
probaron asientos, examinaron los ángulos del campo... y el mismo Stanley, fumando
un cigarrillo, contempló la obra.
Una
señora latosa fue a importunarle con preguntas fuera del caso. Una de esas señoras
que quieren hacerse simpáticas a toda costa; pero Stanley era un hombre cortés y,
sin abandonar su
sonrisa, fue dándole réplica. La práctica le había demostrado que, de esas personas
latosas, salían las propinas más espléndidas, y sabía complacerlas.
Durante
aquella conversación perdió da vista a los protagonistas de su curiosidad. Los visitantes
se habían dispersado... Sí; a ella la vio lejos, en los graderíos. Iba sola y el
aire se arremolinaba en torno a su falda, jugueteando con ella.
Pero
su lenguaraz acompañante le absorbía y la perdió de vista.
Aquellos
eran los últimos visitantes del día. Empezaba a oscurecer y les reunió para conducirles
a la salida. Entonces observó que faltaba la muchacha. Lo hizo notar.
-No
se preocupe por ella, la encontraremos abajo, seguramente -le tranquilizo su acompañante-.
Nunca se pierde, y le gusta recorrer las cosas, sola.
Pero
al llegar al autocar, la muchacha no estaba allí. Su acompañante mostró
sorpresa y expuso sus deseos de ir a buscarla.
-Podría
usted perderse por los pasillos. Iré yo -dijo Stanley-. No se muevan de aquí,
se lo ruego.
Se
había apoderado de él una sensación extraña, que le daba a entender que a
aquella chica le había ocurrido algo.
Los
pasillos Interiores empezaron a poblarse de sombras. La luz no estaba instalada
aún; es decir, la instalación sí existía, pero faltaba lo más importante: la corriente.
Para
Stanley, no era problema
recorrer los pasillos a oscuras; los conocía mejor que nadie. Recordó la dirección
que le había visto tomar, y fue en sentido inverso, desde abajo arriba, pero
se detuvo, indeciso. El camino que había seguido la muchacha podía llevarla al césped,
a los vestuarios subterráneos, y sin pensarlo dos veces fue allí.
La
oscuridad era completa. Sólo un buen conocedor del terreno, como era él, podía avanzar
por allí sin riesgo; se detuvo en la misma entrada oteando las tinieblas interiores.
Algo le decía que allí iba a ocurrirle algo. Permaneció un buen rato quieto, junto
a la puerta, atento a todo ruido. Luego avanzó hacia el interior, por el
centro, sin acercarse a las paredes. Mentalmente iba viendo la situación de todo.
Pero,
de improviso, se detuvo. A su espalda se había movido algo. Se volvió sigiloso.
Todo permanecía en el más impresionante silencio. Siguió avanzando unos pasos.
Pocos. Sus pies
pisaron algo blando. Se agachó. Era un bolso de mujer. Por la forma, adivinó
que pertenecía a la muchacha. Estaba entreabierto. Al levantarlo, cayó algo de
su interior y su chasquido fue
seguido de una detonación. La bala acarició la ropa del guía, que se echó al suelo,
de bruces, y gateó rápidamente hacia las duchas.
Su
perseguidor avanzaba a tientas, pero ya sin ocultarse, encendió una lamparilla eléctrica
de bolsillo. Su haz de luz recorrió la sala; le buscaba.
Stanley,
desde su escondite, vio, en un rincón, el cuerpo de la muchacha; estaba boca
arriba, con la cabeza ladeada hacia la izquierda. Había habido pelea. Su vestido,
desgarrado, mostraba las huellas de la lucha. Estaba extremadamente pálida.
Stanley
no podía ver la cara de su agresor. Este vació el bolso, registrándolo, y no encontrando
lo que deseaba, fué hacia la muchacha; con el pie le dio la vuelta con ánimo de
examinar sus ropas.
Stanley
no podía permanecer allí; para vencer a su enemigo, tenia
que llevarle a su terreno: dos pasillos. Aplastándose contra la pared fué saliendo
de las duchas y echó a correr por el pasillo central. El hombre, que se había agachado
junto a la mujer, salió en su persecución.
Stanley
sonreía, iba a caer en la trampa que le había tendido. Gateó por una de las salidas
que llevaban a los gradearios, pronto a saltar sobre su agresor. Este, apareció
segundos después. Se detuvo. Le interesaba acabar con aquel tipo antes de proseguir
su registro. Estaba escuchando. Stanley deseaba que el hombre se le aproximara,
que fuera hacia los graderíos, pero su perseguidor,
a oscuras, seguía escuchando.
Dio
unos pasos. Stanley calculó dónde se hallaba y se echó encima. Los dos rodaron
por el suelo, luchando ferozmente.
Stanley se sintió cogido con fuerza por el cuello. Llevaba la peor parte; se asfixiaba.
Tenía que luchar desesperadamente.
Hundió
su rodilla en el estómago de su contrincante y le empujó. Volvieron a rodar por
el suelo.
Pero
por el pasillo avanzaba una luz. Un tercer contrincante iba a unirse a la pelea.
Al oírle, Stanley se sintió empujado con fuerza, libre del acoso de su enemigo,
que escapó por el pasillo, pero una segunda detonación segó aquella huida, y su
agresor cayó pesadamente.
-¿Está
herido? - le preguntó una voz, y la luz le iluminó.
A su reflejo vio ante sí al hombre alto, serio, fuerte, el que acompañaba a la muchacha.
Stanley se incorporo.
-Su
mujer está en los vestuarios.
-No
es mi mujer -dijo el otro, examinando el cuerpo exánime del hombre solitario-.
No debió usted impedir que le acompañara. Ha estado a punto de costarle la
vida. Lléveme a donde está la chica.
Entre
los dos, la levantaron. Tenía una profunda herida en la cabeza, pero vivía.
Stanley
la cogió por el cuerpo, mientras el otro la llevaba por las piernas. Cuando llegaron
casi al exterior, el hombre ordenó:
-Salga
y llame a un médico, y que se marchen los demás.
Tranquilíceles. Luego vuelva aquí.
Salió
a cumplir la orden y regresó.
-El
médico acudirá en seguida.
-Bien.
Merece usted una explicación, que va a olvidar inmediatamente. La señorita y yo,
pertenecemos al departamento de contraespionaje. Andábamos a la zaga de un tipo
peligroso. Pudimos descifrar un mensaje que le citaba aquí. Tenía que recibir datos
importantes dentro de un cigarrillo. No sabíamos quién era. Le costó
averiguarlo y le entregó un cigarrillo igual, pero
sin los datos, porque ignorábamos qué datos había que facilitarle. El tipo sospechó
algo, y examinó el cigarrillo antes de lo que esperábamos. Entonces agredió a
Emma; cuando Iba a telefonear notificando a la policía que el individuo que buscábamos
iba en el autocar. Al volver aquí me hace suponer que creyó que la chica trataba
de guardarse el microfilm para explotarlo por su cuenta. Su intervención ha sido
beneficiosa, pero ahora, olvídese de todo. ¿Qué ha ocurrido?
-Un
accidente, señor.
-Eso
está mejor.
En
cuanto llegó la ambulancia se llevaron a la muchacha.
Stanley no volvió a saber de ella en mucho tiempo, hasta que un día la vio con otro
grupo de visitantes. Stanley le sonrió.
-Está
prohibido fumar á los visitantes; trae muchas complicaciones -dijo.
-Espero
que podremos fumar en otro sitio, ¿verdad? Un cigarrillo y una copa, no nos sentaría
mal para amenizar una charla amigable - propuso ella.
-Stanley
tragó saliva, nervioso y dejando al grupo de visitantes, tomó del brazo a la muchacha
y ambos se alejaron, sonriéndose.
FIN